ODA A UN CULO
Dos nalgas, por definición, forman un culo.
María de la O tenía un culo orondo que movía con una gracia sin par.
El juego que sus caderas tomaban para congratular las nalgas con sus andares convertían el elemental asunto de deambular en un acontecimiento estelar poniendo a todo el muchacherío en franca acechanza a horas y los lugares por los que transcurría la procesión de María de la O (en realidad ese no era su verdadero nombre sino un apodo compuesto por no se sabe que sinergia con la forma de su culo).
No recuerdo la conversación de la noche pasada; al despertar comencé a preparar toda la intendencia necesaria para el viaje, ella, ya se había largado.
«Todo está pasando cuando nada parece estar pasando» —pensé mientras ordenaba los gayumbos en la desgastada maleta.
Empujé la puerta para otear como despertaba la mañana. Las puertas son las trampas abiertas al porvenir. Tras ellas, ocultas, yacen las llaves oxidadas que dan cuerda a un reloj cuya brújula se perdió entre el tic-tac que marca la aguja del segundero.
Las noticias que escuchaba cada noche antes de dormir desde el aparato de radio instalado en la habitación de un hotel al que aún no habían alcanzado las bombas no eran precisamente halagüeñas: las puertas, las noticias, el culo de María de la O, ese todo, conformando un conglomerado heterogéneo e inusitado, hacía de mis noches y de mi cama una sauna, donde la asfixia elevaba mi cuerpo a través de un escenario de pesadilla.
El despertar era una puerta al frente, un libro de pátinas hojas, un tramposo libro sin alma, con las ausentes confesiones que guardan los ruegos del amor, del olvido y del culo de María de la O.
El estruendo final de un libro en blanco voló por los aires tiñendo el cielo de chorreantes letras, conformando entre sí una sopa de difícil digestión.


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